Tengo que dejar de ir por todas partes con el teléfono, incluso por mi casa.
Es una estupidez, pero admito que genera adicción o hábito
Hoy en día, vamos con él a todas partes, al sofá, a la cama, al desayuno… y por supuesto, al baño.
Eso que notas presión en el abdomen y entras en el cuarto de baño, buscando recuperar la paz interior y no encuentras la paz sino el olvido.
Uno entra al baño con una misión: cumplir con una función escatológica muy concreta, el cagar.
Es el evento que nos une al resto de especies y me pregunto, cuestionando el asunto teológicamente ¿Por qué Dios iba a crear un ser humano defecante si lo hizo tan especial, el único Ser hecho directamente por él?
El ser humano es el único bicho hecho directamente por Dios según los textos sagrados y lo hace con un proceso digestivo, que le obliga a estar sometido al inhodoro.
No hay teólogo que haya podido aclarar las razones por las que esto es así.
El caso es que aparece el teléfono móvil, te sientas y piensas:
<Voy a mirar un mensaje rápido> y abres el teléfono.
Cinco minutos después estás viendo un vídeo de un señor construyendo una piscina con una cuchara en mitad de la selva; una extraña teoría acerca la conspiración masonica que une el asesinato de Kennedy con las profecías de Nostradamus.
Y sigues ahí, sentado, esperando que tu cuerpo colabore, solo que se ha desconectado con las señales del intestino que le gritan al cerebro.
<Empuja, ¿Estás sordo?>
<Abrid la puerta>
<A ver esos esfinteres que se activen>
El nervio vago intenta llamar la atención, pero como es vago no insiste demasiado.
El estreñimiento y el móvil son una combinación terrible.
El intestino dice: <Hoy no trabajo> y tu no insistes, conectas el teléfono y esperas que el intestino por voluntad propia, cese su negativa y haga lo correcto, como la madre que aplicando la pedagogía respetuosa, espera que su niño de tres años se comporte bien en la frutería cercana, entendiendo por su cuenta la importancia no tocar las frutas y dejar de reordenar la tienda.
Y ahí estás, sentado en el inhodoro esperando un milagro que no llega e Internet, como la serpiente del Edén, te ofrece la posibilidad de esperar mirando contenidos.
Y claro, uno empieza a negociar consigo mismo:
<Venga, intestino, haz un esfuerzo>.
Pero nada.
El intestino está en huelga.
Pero lo peor no es el estreñimiento, sino un normal, sano y deseable aviso de evento escatólogico por parte del negociado intestinal de expulsión de desechos.
En principio le atiendes, vas al inhodoro y allí procedes a inhibir la acción de los esfínteres, pero has cogido el teléfono, sin darte cuenta abortas el proceso y las señales no llegan, el sistema límbico te distrae, la operación se anula y no te has dado, cuenta.
Hasta que notas los efectos de una pierna que duerme en la incomodidad del y caes en la cuenta, de que la has cagado, pero no en sentido literal y ese es el problema.
Y sales del baño caminando como un robot, con una pierna dormida y el móvil ya al 3 % de batería .
Es entonces cuando comprendes una verdad incómoda, de momento el intestino ha aceptado la señal de cancelación, pero saldrás a la calle y en algún momento del día, el sistema entrará en colapso y no habrá señal inhibidora útil, sabes que tendrás que correr, sudar y aguantar como Leonidas en la batalla de las Termopilas.